Limpiando la trinchera cultural



En el fondo de mi casa hay una habitación que hace de depósito de cosas viejas o en desuso. También descansan en ese lugar varias cajas con, llamémosle, “recuerdos de la guerra noventista”. Las cajas guardan afiches, volantes, documentos y ese tipo de cosas que fuimos generando en nuestra (mía y de mi compañera) militancia en la universidad en los años `90. Hacía mucho que no abría esas cajas. Cuando las abro me parezco al estereotipo cinematográfico del abuelo yanki, que le muestra a su nieto sus medallas de la guerra de Corea, aunque en esas cajas no existan medallas ni galardones de ningún tipo. Pensándolo mejor, mi caja debe ser más parecida a la del abuelo coreano, al derrotado, porque en parte la militancia en los noventa era en el fondo la militancia contra la derrota. Éramos minoría, pero no porque nuestra práctica política no convocara o nuestras organizaciones no crecieran. De hecho podría decir que en el medio particular en el que emprendimos la tarea política, tuvimos grandes aciertos y aprendizajes. Hasta podría sostener que fue una experiencia política “exitosa” que se ha constituido en un actor importante en el escenario político cordobés. Sin embargo nuestra tarea política central siempre fue la disputa cultural, la vieja y querida “batalla de ideas” jauretcheana. En esa arena nos sentíamos bien. Teníamos herramientas conceptuales para imprimir políticas y sabíamos lo que hacíamos y para qué lo hacíamos; en esa arena de acción estaba nuestra potencia y nuestra potencialidad, aquello que nos diferenciaba del resto, que nos hacía buenos militantes. Pero al mismo tiempo, en este escenario, siempre tuvimos claro que éramos minoría aunque fuésemos mayoría. En ese sentir estaba la razón para seguir militando.

La irrupción kirchnerista nos hizo ver la potencia que tiene el Estado para motorizar y hacer masivos algunos debates sociales que nosotros militábamos en un ámbito más pequeño y específico.

Creo que volví a hurgar nuevamente en esas cajas porque habita en mí desde hace un tiempo, cierta percepción de la realidad política (en su dimensión cultural) similar a la que tenía por esos años, pero sobre todo en el periodo, ponele, ´98 – 2002.

El escenario de repliegue es indudable; el discurso mediático se expresa de modo tan crudo, tan clasista y tendencioso que da escalofríos, el sentido común es conducido manso por los factores tradicionales que históricamente controlaron los resortes del poder real.
Hay que volver a la tarea política que mejor hacemos. Hay que volver a la batalla de ideas. Hay que intervenir, tanto en los grandes temas, como en “los problemas de la gente de todos los días” con una palabra clara y sustentada.
Hay que ir limpiando la trinchera cultural para ponerla en condiciones. Por las dudas.
Agustín Rossi lo expresó hace unos meses con gran claridad:

"Hay que poner manos a la obra. No hablamos de una gran organización, eso es una consecuencia, sino de una cantidad de cuadros militantes en cada uno de los lugares de la Argentina que puedan tratar de asumirse como conducción de cada uno de los procesos. Me reúno con muchísimos grupos juveniles del país y les aconsejo esto : construcción política autónoma e independiente de la referencia política del lugar. Esto no es contradictorio y va a permitir generar cuadros políticos propios. Necesitamos un militante joven que no aspire a ser el dirigente juvenil dependiente del dirigente tal, sino un tipo con capacidad de interpelación y cuestionamiento, pero también con lucidez para la construcción, el esfuerzo, la militancia, la constancia, con rutina y con una mirada propia. (...) Hay muchísimos grupos, sobre todo de jóvenes, a lo largo y ancho del país, que están en esta situación y que están esperando que alguien los ordene. Yo les digo: no esperen más, ordénense solos, busquen su propio espacio".
Qué sé yo. Por ahí.
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